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Texto escrito para el Círculo de Escritores de la Ibero Puebla, por publicarse esta semana en http://www.pueblaonline.com.mx

Aunque no siempre tengamos objetivos claros en nuestra vida, lo cierto es que todos anhelamos algo. Anhelamos quizás comprar una casa o cambiar la actual por otra más adecuada; tal vez anhelamos un mejor trabajo o una mejor relación de pareja; quizás queremos tener una mejor comunicación con aquel hijo que entró ya en la adolescencia; o quizás anhelamos simplemente ser más felices de lo que ahora somos. Lo cierto es que, a pesar de desearlo, las cosas no siempre salen como quisiéramos. Es más, difícilmente salen como uno prevé. Sin embargo, como dicen los Rolling Stones en una canción, “no siempre puedes obtener lo que quieres, pero si lo intentas, obtienes lo que necesitas”.

La vida es un fenómeno extraordinariamente complejo pero simple a la vez. Contradicciones como esta abundan en la existencia y creo que ahí radica el gran truco de la vida: manejar las contradicciones, manejar su complejidad y simpleza. No siempre obtenemos lo que deseamos porque no siempre están bajo nuestro control todas las variables que intervienen en un evento o fenómeno. Hay que identificar qué sí está en nuestro control y qué no. Me parece que casi siempre la mayor parte de las variables no son controladas por uno; la mayoría está fuera de nuestras manos. Querer controlarlo todo es como querer controlar el oleaje de los océanos. Sin embargo, existen variables sobre las que sí tenemos influencia y es sobre ellas que conviene actuar y concentrarse, no sobre las que están fuera de nuestras manos. Luego entonces, un primer paso es identificar lo que sí podemos cambiar para sobre ello actuar y no estresarnos con el resto que no está en nuestro ámbito de influencia. Hay que aprender a soltar y no engancharnos con aquello que está fuera de nuestro círculo de poder porque si no, gastamos energía valiosísima que podríamos emplear sobre aquello que sí podemos cambiar. Soltar es un tema de libertad interior, esa joya rara que a veces habita los seres humanos; soltar es un tema de desapego, de sana indiferencia, como dicen mis amigos jesuitas.

Cuando las cosas no salen como esperábamos no deberíamos frustrarnos tanto porque sólo estaríamos alimentando o fortaleciendo esas cadenas que nos atan a determinados resultados que deseamos, y eso se puede traducir fácilmente en amargura o infelicidad. No se trata de conformismo, tampoco de mediocridad, se trata de hacer más llevadera nuestra existencia aceptando que no somos dioses como para controlar todo lo que nos ocurre. Además, creo que la vida no sería tan bonita si todo fuese  predecible al cien por ciento; hay algo de magia en la espontaneidad, en lo desconocido, en lo inesperado.

Cuando las cosas no salen como esperábamos es bueno fijarse en las nuevas posibilidades que se abren con los resultados obtenidos y no prestar tanta atención a lo perdido. Conviene revisar resultados, entendiendo porqué no salieron bien, pero no para flagelarnos sino para ver nuevos horizontes y aprender de los errores. En Francia alguna vez escuché que decían en un café: “se cierra una puerta pero se abren diez”. ¿Qué puerta se me cerró con este resultado? ¿Cuáles se me abren? ¿Cómo las voy a aprovechar?

Cuando las cosas no salen como esperábamos es bueno ponerlas en perspectiva y darse cuenta que sólo se trata de un minúsculo resultado en el océano de eventos que componen nuestras vidas. Azotarnos por un pequeño resultado no tiene mucho de positivo. Lo mismo pasa con nuestros logros: tampoco hay que creérnoslos como si lo fueran todo. La realidad es que somos una maravillosa mezcla de sabores dulces y amargos, éxitos y fracasos, amores y desamores… pero eso es lo que, desde mi perspectiva, hace grande nuestra existencia; es lo que la moldea y hace madurar; es lo que la hace hermosa.

Bill Gates, creador y presidente vitalicio de Microsoft, alguna vez dijo: “El éxito es un mal maestro. Seduce gente inteligente a pensar que no pueden perder”. En efecto, creo que no es cuestión de si vamos o no a perder, es un hecho que algún día nos tocará perder, el chiste es saber cómo actuar y reponernos cuando eso suceda. ¿Nos vamos a derrumbar o vamos a encontrarle sentido? Cada fracaso es una oportunidad para crear, reinventar, vislumbrar mejores posibilidades y actuar para capitalizar los “malos” resultados. Es, en efecto, una oportunidad para aprender, crecer y, por lo tanto, celebrar y disfrutar. Pero hay que encontrar la lección a aprender, de lo contrario no hay disfrute y las nuevas oportunidades encogen rápidamente si no aprendemos la lección que el caso nos dejó.

Texto escrito para el Círculo de Escritores de la Ibero Puebla, publicado esta semana en http://www.pueblaonline.com.mx

Algún día me topé en un libro de psicología con esta definición del concepto de “éxito” que me pareció muy práctica: “éxito es haber logrado aquello que determinaste que harías”. Es decir, para ser exitosos debemos, en primer lugar, saber a dónde queremos ir y, en segundo, llegar ahí. Ser exitoso no implica necesariamente tener más dinero o más cosas como sugieren los anuncios de la tele o como sugieren nuestras amistades mejor acomodadas económicamente. En realidad, todos somos exitosos (quizás unos más que otros) pero todos hemos logrado alguna vez lo que nos hemos propuesto. El problema que frecuentemente tenemos es que no sabemos a dónde queremos ir y, por lo tanto, no estamos seguros de lo que queremos lograr.

Una vez que se tiene cierta claridad sobre el horizonte de búsqueda, nos podemos preguntar: ¿qué me hace falta para lograrlo? ¿qué se interpone en mi camino? Y, si somos honestos, casi siempre podemos descubrir que muchos de los obstáculos que vemos son imaginarios; no existen más que en nuestra mente y corazón, no en la realidad. Somos buenos saboteándonos a nosotros mismos. Cuando tenemos creencias que nos obstaculizan el camino para llegar a donde queremos, entonces tenemos creencias limitantes.

Una creencia limitante (CL) es una noción, casi siempre inconsciente, que nos bloquea, nos disminuye o nos imposibilita actuar; nos ata las manos o las piernas; acoraza nuestro corazón; cierra nuestra mente; paraliza e inhabilita al sujeto para actuar y cambiar su realidad.  “No soy bueno con los números”; “no me puedo levantar temprano”; “todos los hombres son iguales”… Son frases que indican que puede haber creencias limitantes en el fondo. Una CL es como un iceberg: sólo se asoma a la superficie un pedacito, la parte más grande yace en el fondo y no se ve fácilmente.

 Cada vez que nos autocalificamos a nosotros mismos diciendo “no puedo”, “no soy” (o “sí soy”) tal o cual cosa, entonces puede ser que existan creencias limitantes que obstaculizan mi éxito personal. Para saber si una autocalificación es o no CL, podemos hacernos las siguientes preguntas (o podemos hacérselas a alguien a quien queramos ayudar a identificar sus propias creencias limitantes): ¿quién te dijo que eres (o no eres) así?, ¿a dónde está escrito? ¿no puedes o no quieres? ¿no eres o no quieres ser?, entre otras preguntas que ayuden a clarificar si la idea está basada en cuestiones fácticas, sólidas, reales, o son sólo conclusiones mal fundadas derivadas de alguna experiencia negativa en el pasado.

 Hay una frase de Jim Rohn, conferencista y motivador estadounidense, que me gusta mucho: “Si realmente quieres hacer algo, encontrarás un camino. Si no, encontrarás un pretexto”. Las creencias limitantes funcionan a veces como pretextos para no hacer las cosas; para no arriesgar; para no cambiar; para no salir de la zona de confort y alcanzar el éxito que queremos.

 La buena noticia es que una CL puede ser removida o transformada. Esto lo podemos hacer solos o con ayuda de alguien (amigo, psicoterapeuta, coach, maestro, etc.). Un método eficaz para cambiar creencias limitantes es el uso de preguntas poderosas: ¿cómo puedes cambiar esa idea/visión/paradigma/creencia?, ¿te sirve tenerla?, ¿qué te aporta?, ¿qué vas a hacer para cambiarla?, ¿cuál va a ser tu primer paso? ¿cuándo lo vas a dar?

 Una vez que hemos identificado la creencia limitante y que hemos decidido cambiarla, hay que hacer un plan de acción específico y sencillo que nos ayude a transformarla en creencia potenciadora. Por ejemplo, para pasar de “mis compañeros son unos tontos” a “mis compañeros piensan diferente que yo porque son seres humanos diferentes y eso es enriquecedor para el grupo”, podría servir como ejercicio el encontrar siempre algo favorable en todo lo que digan los demás o, como dijo San Ignacio, “siempre salvar la proposición del otro”. Aunque me moleste lo que mi compañero ha dicho o aunque me parezca tonto, inoperante, inútil, innecesario, etc., siempre debo preguntarme: ¿qué sí me parece valioso de lo que dice?

El trabajo con creencias limitantes es profundo y complejo (casi siempre requiere ayuda profesional) pero eventualmente sí se pueden cambiar. Sin embargo, no hay ayuda que funcione si no hay un corazón abierto a cambiar y disposición a trabajar consigo mismo. Es decir, el primer paso es la apertura interna y, el segundo, intentar ser coach de uno mismo haciéndonos preguntas poderosas constantemente porque difícilmente vamos a encontrar afuera la fórmula para cambiar interiormente.

Texto escrito para el Círuclo de Escritores de la Ibero, a publicarse esta semana en http://www.laprimeradepuebla.com

Uno de los artículos más leídos en este blog ha sido el que titulé “Distancia Jerárquica” http://veraalexis.wordpress.com/2011/02/25/distancia-jerarquica/ y me han recomendado escribir un poco más al respecto. Creo que el tema “desigualdad”, en nuestra cultura, es tópico de relevancia porque todos los días padecemos alguna situación vinculada con el desequilibrio social y económico que prevalece en México; porque en nuestra sociedad todos somos iguales, pero algunos son más iguales que otros… como se dice por ahí.

En efecto, la discriminación en nuestra cultura se vive cotidianamente, basta recordar la famosa frase de “como te ven te tratan” y basta echar un vistazo al trato que un subordinado da, por lo regular, a su jefe y viceversa para darnos cuenta que, evidentemente, nos gusta hacer notar diferencias entre la gente.

En esta ocasión quiero abordar la forma en como el liderazgo de un jefe influye en el tipo de relaciones jerárquicas que se tienen en una organización. Decía que en el artículo “Distancia Jerárquica” abordé por primera vez esta dimensión, que se refiere a la aceptación social de la desigual distribución del poder. Como es fácil imaginar, México es un país con distancia jerárquica (DJ)  alta porque su sociedad por lo general no ve mal que el poder se distribuya asimétricamente. Nos parece normal y bueno que existan diferencias abismales entre pobres y ricos; entre jefes y subordinados; entre indígenas y mestizos… En otras culturas, como las nórdicas, las grandes diferencias son menos aceptables y, por lo tanto, la distancia entre pobres y ricos, jefes y subordinados, pueblos y ciudades, es mucho menor que en los países latinoamericanos.

En relación al liderazgo, un jefe determina el tamaño de DJ que prevalece entre él y sus subordinados y, por lo tanto, la amplitud de la distancia social (que puede ser alta o baja) que se vive y respira dentro de su organización o grupo. Es decir, el jefe pone el tono de la relación: si él se siente un ser humano superior a los demás, así actuará y los demás entenderán el mensaje. Pedirá que se le hable de “señor director” o “señor presidente” o que se le nombre por su título: licenciado, maestro, ingeniero, doctor, etc.

Aunque el jefe no determine el nivel de sueldo (una de las variables que mide la DJ) de sus subordinados, sí fija el tipo de trato que da a los demás que –desde la perspectiva de la distancia jerárquica- puede ser cercano o distante. Pero hablando de sueldos, éstos son un perfecto reflejo de la distribución del poder en una sociedad. En la nuestra, como sabemos, los sueldos son muy desiguales. Empresario rico, empresa pobre, es también un conocido adagio que describe la manera en cómo por lo regular los dueños de los negocios distribuyen la riqueza en países como México. Y generalmente los demás lo vemos bien; está bien que los jefes ganen desproporcionadamente más, porque son jefes…

El problema de una relación jefe – subordinado lejana es que dificulta la generación de un ambiente de trabajo inspirador donde todos los colaboradores dan su máximo esfuerzo todo el tiempo por su equipo o por la organización que los contrata. La cercanía entre personas inspira, la lejanía esteriliza. Los grandes lugares de trabajo se construyen, según preceptos y prácticas documentadas por el Great Place to Work Institute, a base de relaciones humanas estrechas y respetuosas. Entre más lejano se ve el jefe de los demás, más difícil es la conexión y colaboración que crea el desempeño superior en las organizaciones.

La gente siempre va a trabajar, se le hable de tú o de usted, de ingeniero o por su apodo; la diferencia es el nivel de inspiración y desempeño que se alcanza en un equipo con DJ baja versus otro con DJ alta. Las organizaciones de alto desempeño tienen equipos con distancia jerárquica generalmente baja. En lugar de ocuparse de las formas, dichos equipos se ocupan de los fondos y eso resuelve más, produce más. No quiero decir con esto que las formas no importen, sino que son, en el mejor de los casos, secundarias para la productividad.

Para crear un entorno con baja distancia jerárquica quien se debe bajar primero de la nube es el jefe y los demás seguirán en consecuencia. Este trabajo parte de un ejercicio serio de reflexión en el que el líder se visualice como servidor, no como gobernante que está por encima de todos, y lo demuestre con pequeñas y grandes obras cotidianamente sin olvidar que los detalles cuentan. Un buen primer paso sería hacer los títulos a un lado y llamar a todos por su nombre, esperando a que algún día esto se refleje en sueldos menos dispares también.

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